2022 11 02
A los dueños de un negocio en la Roma les pareció ofensivo que lleguen gringos a exigir se les atienda en inglés.
La opinión se dividió en dos: los que aseguran que es necesario empinarse y hablar la lengua de los dolaristas y los que dicen que a dónde fueres hagas lo que vieres y hablares el idioma local.
De los primeros, ni qué decir. De los segundos: ojalá esa actitud les sea congruente o les sirva al menos para entender la postura de pueblos originarios, que estando en nuestros territorios se nos obliga sistemáticamente a hablar el español y al desapego de la lengua propia.
Así llegan a las aulas, a las enfermerías, a los hospitales, a impartir justicia, a los podios de su fe, a convocar elecciones, a definir progresos, a impulsar megaproyectos: con la palabra extraña y exigiendo que nosotros aprendamos como si estuviéramos en territorio ajeno.
No hay diferencia entre uno y otro ejemplo. El gringo, sabedor del poder económico de su lengua y su bandera, exige ser tratado en su idioma, lo mismo que el hablante nativo de español en este país exige que los indios le hablen en esa lengua. Ambos ejemplos se parecen.
Y no, no se trata de que vaya en chinga a aprender nahuatl -hay 68 lenguas conviviendo en el territorio nacional-, nomás con que le bajen las rayas a su clasismo, racismo y discriminación interiorizados, y entiendan que México no se escribe en español ni se viste con traje de charro, ni es un desfile de calaveras. México se pronuncia en 68 tonos diferentes.
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