Toda la vida he sido distraído. Paso una y otra vez frente a cosas obvias sin darme apenas cuenta de ellas, hasta que alguien o la súbita casualidad me lo señalan. Hace unos años, en un apartamento de la colonia panorámica en Taxco, al calor del ron y el mezcal, un amigo muy querido, casihermano, fue quien puso el dedo sobre los primeros versos de una canción que dicen, con incierto desenfado, no hay ciudades que lloren a cada poeta que muere. Creo que José Cruz tiene razón. Las ciudades, la industria editorial, el exhorbitante número de nuevas publicaciones y de nuevos reclutas del ejército de la escribanía hace difícil seguir la huella de quienes llegan o parten de la literatura o la poesía. De hecho, entre la maraña interminable e inabarcable de títulos, promesas y vacas sagradas, es muy fácil perderse grandes o memorables autores: son los menos, los gota de agua dulce en el océano. Más allá de premios, antologías, elogios institucionales, creo que el único parámetro más o men...