2022 10 03

 

Toda la vida he sido distraído. Paso una y otra vez frente a cosas obvias sin darme apenas cuenta de ellas, hasta que alguien o la súbita casualidad me lo señalan. Hace unos años, en un apartamento de la colonia panorámica en Taxco, al calor del ron y el mezcal, un amigo muy querido, casihermano, fue quien puso el dedo sobre los primeros versos de una canción que dicen, con incierto desenfado, no hay ciudades que lloren a cada poeta que muere.
Creo que José Cruz tiene razón. Las ciudades, la industria editorial, el exhorbitante número de nuevas publicaciones y de nuevos reclutas del ejército de la escribanía hace difícil seguir la huella de quienes llegan o parten de la literatura o la poesía. De hecho, entre la maraña interminable e inabarcable de títulos, promesas y vacas sagradas, es muy fácil perderse grandes o memorables autores: son los menos, los gota de agua dulce en el océano.
Más allá de premios, antologías, elogios institucionales, creo que el único parámetro más o menos creíble es la persistencia que una obra pueda tener en el tiempo -con todo lo falible que esto es-, como bien dice Donoso en el prólogo que escribió para El astillero, de Onetti, o ese poema, Hecho de memoria escrito por Francisco Hernández.
Escribo esto y pienso en el fallecimiento de Max Rojas, en el último día de Abigael Bohórquez, o del incierto fin de tipos como Joel Piedra, y porque ayer falleció Javier Raya, y el día de hoy ha tocado el turno a David Huerta, ambos poetas que desconozco por completo y para los que seguramente alguna ciudad habrá en cuyas calles nadie alcance a saber que se han ido.
Y ya que no habrá ciudades que lloren a cada poeta en el día de su muerte, creo que un ejercicio válido sería comenzar a leerlos a acercarse a ellos, a lo único que de un cadáver de poeta importa: sus letras.

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