12 12 2019

En 2014 participé en un Encuentro del Movimiento Mexicano de Afectados por las Presas y en Defensa de los Ríos (MAPDER) que se llevó a cabo en una comunidad cercana a Fortín de las Flores, en Veracruz.
Una tarde durante una pausa de las actividades del encuentro, un amigo y yo visitamos a un grupo de mujeres (no eran las patronas) que habían vuelto su cotidianidad organizarse para ayudar con alimentos a los cientos de migrantes que cruzan el país a lomos de la bestia.
Al término del foro, en el camino de vuelta, pasamos a dejar a Toña (una compañera campesina, líder de la organización en su comunidad) a su casa; para no dar mucha vuelta, tomamos un camino que está en buenas condiciones pero es muy poco transitado; en cierto punto del camino nos topamos con dos camionetas orilladas, motores y luces encendidas, varios sujetos cobijados por las sombras hacían algo que no alcanzamos a ver pero intuímos. Nadie dijo nada, sólo seguimos nuestro camino, atentos por si nos seguían. Afortunadamente nada más sucedió, y luego de atravesar la cañada, al llegar a su casa, escuchamos varias detonaciones más o menos por el lado donde se habían quedado los otros vehículos.
El sueño terminó por esfumarse, eran cerca de las tres de la mañana y mientras bebíamos café, Toña y su marido, que por entonces era agente municipal de la ranchería, comenzaron a contarnos que las balaceras en la zona se habían hecho muy comunes, de las casas abandonadas que algunos grupos de malandros se habían apropiado y de los jovencitos que pululaban en los cruces de camino, estacionados por horas montados en sus motocicletas, vigilando el flujo vehicular y algún eventual arribo de elementos policíacos o militares para dar aviso a sus compinches.
Toña también nos relató, tranquila, como quien da cuenta de su día en la finca cortando cerezas de café, de los grupos de campesinos que habían comenzado a deambular por las comunidades pidiendo ayuda económica para rescatar a sus familiares secuestrados por el narcotráfico cuando, buscando mejores oportunidades económicas, emigraban al norte del país; uno tras otro, dijo la Toña, como si fuera procesión, y soltó una risilla que no supimos descifrar si era de miedo, o de desasosiego, pero que definitivamente no era de burla. Siendo sincero, si atisbé la posibilidad de que eso sucediera, pero no en la magnitud que la compañera nos decía.
Al día siguiente, al retomar el camino, y en varias visitas que hice después durante ese año, pude constatar lo que Toña nos relató aquella madrugada. Atravesábamos la comunidad cuando un grupo de campesinos nos atajaron el camino para solicitar una cooperación. Debían pagar cincuenta mil pesos para la liberación de un muchacho de no más de veinte años, llevaban una fotografía del chico, y un oficio firmado por la autoridad de su comunidad, que estaba en otro municipio, a unos ochenta kilómetros de distancia.
-Le ofrecieron chamba en Guerrero, dijo uno de ellos, y a la semana llamaron por teléfono a mi compadre pa pedirle el dinero, pero semos pobres, por eso le andamos y ojalá quiera dios la gente nos ayude.
Esos son los otros desaparecidos, que en contadas ocasiones aparecen en los censos (tanto de ONG's como del Estado, más indolente a la hora de dar seguimiento a estos casos, más eficaz a la hora de maquillar los datos reales de detenidos desaparecidos, desaparecidos y asesinados en este país que desde los 70's se ha ido convirtiendo en una fosa clandestina para ocultar los restos de luchadores sociales, personajes incómodos al Estado, y de civiles que estuvieron en el momento equivocado, que nacieron del lado equivocado de la sociedad -es decir que nacieron pobres- y tuvieron que sumarse a las listas de desaparecidos y asesinados anónimos, sin paradero, sin tumba, sin justicia para ellos).
Cuando nosotros reemprendimos el camino, ellos hicieron lo propio, a seguir solicitando ayuda, casa por casa, comunidad por comunidad, a pie, de aventón algunas veces, supuse.
En el primer cruce de caminos, ya cerca de Huatusco, efectivamente nos topamos con un par de muchachitos haciendo guardia, en torno a una motocicleta, vigilando celosos el camino. Se veían nerviosos, y no era para menos, en Huatusco, las salidas a Córdoba y Xalapa eran un hervidero de militares, pues una semana antes, un grupo de sicarios había atacado a un comandante de la policía estatal, asesinando al menos a dos efectivos que lo acompañaban y dejando heridos al menos a dos elementos más: todos ellos estaban en una fondita sentados a la mesa, esperando a que les sirvieran un conejo asado al chiltepín cuando los atacaron.

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