16 04 2019

Sobre el incendio en Notre Dame, debo decir que (acaso por mi fascinación ante la arquitectura gótica), no hay mucho que lamentar. Viejos símbolos de un poderío que lentamente se consume en sus problemáticas internas y los crecientes escándalos por el actuar de sus emisarios. El símbolo de una fe que se alió a los poderosos para desde allí implementar una política de terror e imposición ideológica, que aún ahora participa de la carrera armamentística y sus dividendos, tal como lo hizo durante las llamadas cruzadas de la guerra santa y que llevó al saqueo de sitios milenarios de adoración de otras religiones, que desde entonces enmarcaron lo que ahora es el casa vez más reducido territorio Palestino, en un bautizo de sangre civilizatorio.
Creo hay cuestiones cotidianas más urgentes, por las que es necesario levantar la voz, por las que es necesario gritar, vociferar hasta la afonía, pero no la pérdida de un espacio de este tipo. Sobre todo porque son viejos esqueletos de un pasado en el que ya no podemos mantenernos anquilosados. Más terrible fue el saqueo de sitios arqueológicos con mayor trascendencia histórica en Irak durante la invasión yankee, y mucho menos se dijo o se lamentó la turba que hoy se acongoja por el incendio de doce hectáreas de bosque taladas solo para la implementación de un techo.
No, yo creo que no hay lamentos por la pérdida cultural, icónica, religiosa, o arquitectónica de Notre Dame. Creo que se llora el espíritu eurocentrista, y por eso hay quien gime la calcinación de un 'simbolo de la civilización'. Más se perdió en los incendios de Alejandría, en las invasiones coloniales en las que la misma iglesia católica tuvo gran injerencia y en las guerras democratizantes de USA de las últimas dos décadas por no ir más lejos.
Más se pierde a diario y nos lamentamos menos. Eso es lo delirantemente increíble de todo.

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