18 01 2019

Dentro de todo este funesto devenir de los días, algo me queda claro: la saña con que fue asesinado el compañero Noé Jiménez Pablo sólo demuestra el rencor y el miedo que su actividad despertó en el cacicazgo local.
El rencor porque su labor organizativa llevó a la sociedad amateca a tomar parte activa en su vida cotidiana, a cuestionarse si estaban dispuestos a seguir aceptando la imposición caciquil, a desafiar, pues, a quienes por años detentaron el poder político para enriquecerse onerosamente a costa del sufrimiento del pueblo llano. Fueron años que el compañero dedicó incansablemente a trabajar hombro a hombro con las comunidades de Amatán. Despertar a una sociedad dormida, apabullada por el miedo y la indolencia, nunca es tarea fácil. Y nunca es vista con buenos ojos para quienes se han beneficiado de ello. Por eso tratan de que el castigo sea ejemplar, atroz. Porque en el fondo, ese miedo que buscan despertar con el asesinato de Noé, es el miedo que en ellos despierta la idea de una sociedad participativa y crítica donde ellos, anquilosados en el pasado, ya no tendrán cabida. Y eso, precisamente, es lo que los aterra.
Hemos de seguir caminando sin la presencia física de nuestro camarada, pero caminamos con pie firme. Su ejemplo, su entrega, el tesón y muchas otras tantas cualidades de dirigente y amigo, quedan para su legado.


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