2020 07 09 Presidente Covid
Ahora que el presidente viajó (por fin [y usó, por fin, cubrebocas], fuera del país, es decir a comenzar a abrir el abanico de las relaciones internacionales, algo a lo que se había negado alegando austeridad, pero que ha delegado en el señor Ebrard, gracias al cual tenemos un T-MEC chulo de bonito, casi casi tan parejo y pleno de posibilidades de desarrollo económico para el país como el TLC que nos dejó en herencia el innombrable Carlos Salinas de Gortari. ¡Benditos próceres contemporáneos de la patria, conciudadanos de entre siglos!
Bueno, a lo que venía. Al padre le gustaba mucho visitar Casa del Lago, en CDMX, y desde luego era seguidor fiel y atento escucha de seres extraños como José de Molina, Óscar Chávez, y el irreverente Llanero Solitito, fundador de CLETA, otro organismo extraño en el que convergían la música, el teatro y la crítica político-social.
Así las cosas, nos llevó, a mí y mis ocho o nueve años, a una presentación que este señor, el Llanero Solitito, ofreció en la capital del balaceado Guerrero. De esa tarde, además de mucha risa, un cassette del susodicho se coló a mis pertenencias. Ya imaginaréis al padre, orgulloso del hijo.
En dicho cassette no había otra que chistes políticos. A cual más haciendo mofa de la política nacional.
Creo que de todos ellos hay uno en especial que, pese al interesante cambio de colores que se ha dado en la administración nacional, aquel sigue vigente y que resume la relación perpetuadamente sumisa del ejecutivo federal frente a nuestro vecino del norte.
Narra la visita del presidente (el nombre era el de CSG, pero puede ser cualquiera, del color que sea) a la casa Blanca. Antes de ingresar a la CB, hay un charco que el mandatario no sabe cómo eludir para llegar a la reunión. Un embajador, que lo acompaña, servil, le da la solución: arremangarse los pantalones. Cosa que hace, y con lo que consigue cruzar el mencionado charco.
Apenas llegado a la orilla opuesta, el mismo embajador, a gritos, increpa al presidente:
- ¡Señor presidente, ahí viene su homólogo, bájese los pantalones!
A lo que nuestro amadísimo líder responde:
- ¡Ah caray! ¿Pues a poco debemos tanto?
En primer lugar, retrata al presidente, si no como un completo imbécil, sí como un personaje cándido. Primero por su incapacidad de cruzar el charco, y después por no entender la indicación última de su acompañante.
Pero además, y creo que en esto radica la vigencia del chistesito, el presidente, al entender el doble sentido de la indicación, no cuestiona su naturaleza, sino su proporción.
Sabe que hay que mantener una actitud sumisa, pero no sabe qué tanta sumisión demostrar. Desde luego, tampoco cuestiona el hecho.
El día de ayer, esa escena, actualizada, también se repitió. Nuestro presidente, llevado al triunfo no por su agenda política en sí, sino por un hartazgo generalizado, también entendió que debía bajarse los pantalones, y claro, lo hizo.
Lo interesante, ahora, no es el hecho en sí, sino la forma grotesca en que sus aduladores han tratado de explicar esa postura y elevan a condición de estadista a nuestro representante legal ante el mundo para justificar el servilismo mostrado ante el racista Donald Trump.
Se entiende que no podía llegar a echar bravatas, desde luego, la política exterior implica también mucho de diplomacia y civiliad, de mantener las formas. Pero una cosa es ser educado y otra actuar como un pelele.
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