2020 10 08

 

Cada año, con cada Nobel de literatura, hay una cierta fiebre expectante sobre los candidatos a recibir el premio, y un alud de opiniones encontradas en torno a la obra y la persona de quien lo recibe. Nunca faltan el odiador ni el adorador gratuitos. Tampoco dejan de aparecer los que desde su personalísimo y subjetivo punto de vista aducen había mejores receptores del laurel. Tampoco permanecen ausentes los que ven en la decisión de la academia sueca un hecho de fe dogmático e incuestionable. La fauna es grande, pues.
Yo creo que si bien es un punto de referencia, el Nobel no es precisamente un faro que pueda o pretenda siquiera iluminar un horizonte amplio, lleno de escolleras e incertidumbres; a fin de cuentas, mucho en la literatura es subjetivo por humano, y quienes presiden el Nobel, por muy objetivos y legos que puedan ser, también, por ser humanos, guardan dentro de sí y sus dictámenes, un poco de la subjetividad a que nuestra condición de seres humanos nos ata, así sea mínima.
Por eso, siempre vuelto al texto que José Donoso escribió para El Astillero, de Onetti, porque me parece que una luz arroja sobre el tema, no para decir una verdad irrefutable, sino como quien arroja una luz que permita entender, como decía Faulkner, el tamaño de la oscuridad que nos rodea.
" Es probable que los premios literarios hayan sido creados por algún demiurgo sarcástico para subrayar la carcajada con que el tiempo se venga de las certidumbres. En todo caso, los premios sirven para otear el panorama, y, avergonzado, uno se pregunta cómo es posible que, lo que hoy parece tan evidente, ayer pudo parecer siquiera dudoso. Ejemplar en cambios de perspectiva dentro de la literatura latinoamericana fue el concurso internacional de 1941, al que se presentaron el peruano Ciro Alegría y el uruguayo Juan Carlos Onetti, ambos de 1909. El peruano se llevó el premio, con gran tralalá de declaraciones, periplos de conferenciantes intercontinentales y el beneplácito general para la nueva novela latinoamericana, que no temía examinar la realidad vernácula y denunciar errores y crueldades. Pero nuestra literatura, por ansiosa, por vital, por atropellada, es riquísima en omisiones, en escamoteos, en aparecidos y desaparecidos, en terremotos que bruscamente alteran la perspectiva: como resultado de una de estas catástrofes, el polvo ha ido cubriendo a Ciro Alegría hasta casi sepultar al vencedor, mientras Onetti, actual, flamante, sale tardíamente del territorio silencioso donde estuvo incubando los doce libros de ficción que constituyen su obra, para avanzar a alinearse junto a sus compañeros de generación, Cortázar, Lezama Lima, Rulfo, Sábato.
No es difícil comprender por qué premiaron a Ciro Alegría y no a Onetti. La novela del peruano, realista, catastro de desgracias, injusticias, costumbres y paisajes, configura un "cul-de-sac" en que agoniza la vieja tradición de la novela latinoamericana: hace romanticismo bajo el disfraz de realismo, al tomar partido y denunciar; la excelencia literaria parece proporcional a la pasión y precisión con que el relato señala cosas importantes situadas fuera de él, en la historia, en la política, en la sociología, en las revoluciones, en la pampa, en la ciudad y en la selva, en las razas y los mitos. Como "La vorágine", "Doña Bárbara", "Los de abajo", "Don Segundo Sombra", la preocupación de Ciro Alegría es deslindar un sector de la realidad latinoamericana aceptada de antemano en términos de bien y mal, de útil e inútil, de blanco y negro. Es por eso que, cuando en el célebre concurso apareció la sombra de Onetti vestida de grises dudosos y mentirosos, no supieron premiarlo: se trataba de premiar una literatura de afirmación, no una literatura de ambigüedades inquietantes.
La sensibilidad del público lector debió tardar quince, veinte años en recorrer el camino que separa a un Mallea de un Borges, a un Ciro Alegría de un Onetti. Los primeros eran los que leíamos entusiasmados entonces. No es imposible que el péndulo, en su próximo vaivén, nos dicte la necesidad de suplantar a Onetti y a Borges por nombres recién descubiertos, o nos indique que debemos volver a los viejos. En todo caso, desde el frágil pero apasionante punto de vista de hoy, existe esta extraña confluencia de las novelas más brillantes que una generación produjo tarde -"Rayuela" de Cortázar, "El astillero" de Onetti, "Paradiso" de Lezama Lima, "Sobre héroes y tumbas" de Sábato- con la generación siguiente, García Márquez, Fuentes, Vargas Llosa, formando el conglomerado de novelas de calidad que constituye este celebrado y vapuleado boom de la novela latinoamericana.
Nadie menos apropiado que Juan Carlos Onetti para formar parte de algo tan espectacular como un boom literario. En nuestras letras, la creación transforma al escritor en la figura pública pródiga en pronunciamientos, adhesiones y aventuras. Pero Onetti ha logrado el milagro de mantenerse privado. Poco se sabe de él. Por amigos de amigos, se oye decir que vive en Montevideo, donde nació en 1909, o que ya no vive allí, que habla poco y ríe menos, que no discute asuntos que a otros de su rango y profesión les parecerían vitales, que rehuye entrevistas y declaraciones, que durante un período de su vida trabajó de periodista en Buenos Aires, que leyó mucho y muy temprano a Faulkner, ya que pertenece a esa generación que dejó definitivamente de temer el baldón de ser "poco latinoamericano", porque gustosos se dejaron influir, en su crecimiento, por influencias estadounidenses y europeas."

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