2020/03/21
El año era el último del siglo pasado, el mes septiembre. En un cerro cercano a Tepoztlán, se juntaron un chingo de chamacos sin mucho qué hacer. Entre todos los desmanes que hicieron, hubo un pasquín cuyo nombre ya no recuerdo pero en cuyas breves e improvisadas páginas encontré estas palabras, con un nombre al calce; sigo sin saber quién era más allá de esas tres sílabas que conformaban un apócope y un apellido:
"Entre tanta soledad/ no hay poesía que valga/ ni disfraz que alcance/ a ocultar el dolor/ de mirarte y no poder/ naufragar en tu cuerpo"
Sigo sin saber qué llevó a mi cabeza a aprenderse esas líneas. Tampoco fue mi primer acercamiento a la poesía, ni el más devastador. Pero creo que esa precisa brevedad no es algo que se alcance todos los días.
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