Ante la violencia del sistema, la violencia popular se justifica.
2020/03/03
Los moderados, los que todo lo juzgan desde sus inamovibles púlpitos de superioridad moral, desde la más abyecta falta de acción, condenarán los hechos y las formas. Señalarán pero su análisis no parte de la profundidad, sino de la superficie. Porque no han entendido, ni entenderán las formas en que la violencia se desarrolla y manifiesta en lo cotidiano bajo diversas formas (la delincuencia, el desabasto, los sistemas de salud y educación fallidos, abandonados, los servicios básicos plagados de burocracias corruptas que justifican su entrega a la inciativa privada que también es corrupta e ineficiente por más que sus plañideras gimoteen lo contrario).
Esos moderados, que al señalar un punto en el firmamento no alcanzan sino a ver el dedo, y a acusarlo, poco podrán entender de que la violencia desatada en las calles como clamor popular (campesinos, estudiantes, feministas, obreros, amas de casa, LGBT, anarquistas, el largo etcétera) son nada ante la injustificada violencia del estado y del capital en contra del ciudadano promedio.
¿A usted le molesta que le bloqueen una avenida por unas horas, que rayen un edificio que no es otra cosa que un símbolo de viejas formas de gobernar el país, que se liberen casetas, que se incendien patrullas? El estado tiene el recurso suficiente para resolver los rayones de un edificio, de indemnizar a los concesionarios -anticonstitucionales- de las autopistas del país, con una mano en la cintura compran lotes y lotes de vehículos para perpetuar el oneroso ejercicio público y la represión.
Sin embargo, la gente en el campo, en los cinturones de miseria del país, muere a diario no sólo por la violencia delincuencial, se muere por falta de medicinas, porque nunca en la vida hubo vías carreteras para llegar allí el más humilde médico o enfermera. Se mueren en la frontera desplazados por el saqueo y el abandono sistemático al campo. Orillados por el hambre y el desempleo a militar en las filas del narcotráfico. Pero habrá quien diga que la gente del campo es casi casi una postal, permítanme reír. Y entre todo eso, la mujer es víctima por partida doble: por ser pobre y por ser mujer. Y si es campesina, triple, y si es indígena, pues se jode.
Vivimos en un país que se cae a pedazos. Y a los delimitadores de las primaveras les duele un rayón, una bomba molotov, un policía agredido. ¿Cómo comparan esa violencia con la que lleva a todo un sistema de salud a aplicar medicamentos infectados a sus enfermos, a suministrar dosis de agua cual si fueran tratamientos contra el cáncer? ¿Qué es más violento? ¿"Servidores públicos" cuyos salarios grotescamente elevados jamás se podrán siquiera comparar a los raquíticos salarios ya no digamos de quien trabaja el campo, sino de un profesionista universitario? ¿Qué es más violento? ¿Políticos coludidos con el narcotráfico y la IP para beneficiarse y enriquecerse mutuamente a costa del ciudadano común, el desfalco a los pensionados, o una multitud cerrando el paso de vehículos? ¿Instituciones que entregan los recursos naturales a costa del despojo y el desplazamiento de comunidades enteras, que aprovechando su investidura entregan recursos naturales a la IP así sea pasando por encima de la necesidad y la oposición popular, o una turba encabronada de mujeres exigiendo justicia para quienes han sido asesinadas, violadas, desaparecidas?
Podrán decir que no son las formas, pero un sistema que se mantiene impasible, indiferente ante un arista de toda la problemática social tampoco es la vía más operativa, hasta donde se ha visto; agachar la cabeza, mantenerse pasivo, criticarlo todo desde un foro de internet o un café, tampoco parece haber funcionado mucho hasta ahora. Tal vez no sean las formas, pero este país necesita un sacudón a su intolerancia y su indolencia para salir del atolladero en que se encuentra, y, compas, las mujeres están dando un paso adelante, y el que quiera avanzar que avance, pero la rueda de la historia a todos nos ha de alcanzar, irremediablemente.
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