Estación Chontalpa. 2021 09 28
Anoche pasé por Estación Chontalpa. Era de noche y solo el parquecito central era tal como lo recordaba. Lo demás, las calles, la entrada principal, ciertos detalles, eran, fragil volatilidad de la memoria, distintos.
La primera vez que pasé por allí, hace unos nueve o diez años, iba en dirección contraria, también era de noche y por un yerro en el cálculo de los tiempos de transporte -viajaba en transporte público- me quedé varado en ese paraje; apenas entrar, recuerdo haber visto al fondo de la calle principal el ferrocarril, la bestia, recién estacionada en la viejísima estación; a medida que avanzaba el taxi colectivo ví cómo de los techos de los vagones se desprendía un hormiguero humano en busca de aprovisionamiento, de lo más elemental para continuar su viaje. Hombres y mujeres, jóvenes en su mayoría caminando en busca de una tienda donde comprar galletas, agua, estirar un poco las piernas para volver luego a montar el lomo de la bestia de metal que los acercaría más a su destino en la frontera con Estados Unidos. Estación Chontalpa, en esos momentos, se llenaba de bullicio pero en sus habitantes no había sorpresa frente a esa imagen casi cotidiana.
Recuerdo que no me aventuré más allá de la breve arteria principal porque fuera de ella, de noche, da la impresión de que todo está a oscuras. Después de un rato de deambular paré en un puesto de tamales y atole que se me antojó insólito por el calor que hacía; mientras pagaba mi consumo oí pitar el ferrocarril. Oír el pitido y ver la marea humana volver con prisa, reavivarse los gritos llamando al compañero mientras se volvía al tren fueron una sola y misma cosa. Poco a poco las calles de Estación Chontalpa quedaron casi vacías, con los mismos paseantes de siempre, los mismos perros empollando sus pulgas en el sopor de la noche, salvo uno que otro extraño, que como yo tendría que pernoctar en ese paraje.
Mi paso de anoche por esa misma calle no tan larga, llena de basura, gente que sale a mirar pasar la vida y borrachines pidiendo cinco pesos, me mostró que ciertos detalles que la memoria registraba no eran fieles; la calle, que aquella vez me pareció larguísima, no lo era tanto, había olvidado también que antes de llegar, la carretera prácticamente topa con la estación y hay que dar un rodeo de unos cien metros para entrar, formando una U a medias de terracería y a medias de concreto, que al hacerlo se pasa por varios puestos de fruta, sobre todo naranjas, y del único hotel del lugar, que yo recordaba a media cuadra del parque central.
Diez años después, los ferrocarriles siguen parando en este lugar que hasta anoche tenía la seguridad pertenece al estado de Tabasco pero ahora tengo la duda de si no es territorio chiapaneco; los ferrocarriles siguen pasando por aquí pero ya no llevan en sus lomos a indocumentados centroamericanos con rumbo al sur. Las políticas migratorias del estado mexicano, han puesto a los agentes del INM y a la Guardia Nacional a hacer labores de patrulla fronteriza a nuestro vecino del norte, y ahora, lo más común encontrar grupos de inmigrantes en las carreteras, lejos de los puestos de migración y de las vías del tren, caminando sin parar a lo largo de incontables kilómetros huyendo de la pobreza y la violencia.
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